El circo de Inara

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Princess Leia-Like Hologram Coming Soon
At a recent tech forum, Microsoft Research unveiled a prototype of an augmented reality application called Holoflector.
The system includes an LCD panel a few feet behind a large,  translucent mirror equipped with a motion-detecting Kinect camera on  top.
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Princess Leia-Like Hologram Coming Soon

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Source news.discovery.com


Es complicado explicar qué hacía yo hace unas semanas en un probador de caballeros del H&M con uno de esos ex reconvertidos a amigos y rollete temporal arreglameelcuerpo que toda chica tiene para cuando no dispone de una polla decente que llevarse a la cama.

El fulano en cuestión ha desarrollado a lo largo este año una fascinación que no comparto por la ropa adolescente “dernier cri”. A sus treinta y bastantes, su última crisis de los cuarenta se materializó en forma de barbita cool, de pantalones costrosos pirata enseñando las escurridas canillas y de chaquetas de cuero de orientación sexual confusa. Todo esto, que nos ha llevado a ser profundamente incompatibles en muchos aspectos, nos ha vuelto profundamente compatibles en lo que importa: el placer de quitarle la ropa se ve duplicado por el hecho de que es el único momento en que lo veo bien vestido.

En fin. A pesar de mis muy escasos conocimientos del mencionado “dernier cri”, su búsqueda de emociones fuertes textiles me llevaron tras un almuerzo, en que comida no comimos, al probador de caballeros del h&m de Orense. Siendo como soy una chica algo atípica, el tema de las compras es algo que no suele divertirme, entiendo que es un trámite por el que tengo que pasar para disfrazarme de objeto follable y cazar con éxito. Pero allí estaba yo con dos vaqueros de caballero en la mano, renegando en voz baja, y planteándome si chuparla en el probador me iba a compensar por el tiempo perdido, cuando, ¡oh sorpresa!

Resulta que vamos a comprar unos vaqueros pitillo.

Bien, bien. No voy a extenderme sobre mi opinión de los pantalones pitillo para hombre. El problema no era exactamente ese, a ver cómo lo explico. En fin, ya sabéis cómo son estas tiendas, que la ropa se lía, la de mujeres acaba en la sección de hombres y viceversa, sin etiquetas rositas que las diferencien… Mi amigo-ex-rollete surge de entre los stands con unos vaqueros de un azul cielo deslumbrante, cintura baja y perneras de canario anoréxico, que merecía una etiqueta rosa fucsia lo menos, con expresión victoriosa. “Mira, pantalones pitillo!”

Ajá. Reviso agenda. No, carnaval no es. Alzo una ceja. Y sonrío. Es mi sonrisa Inara sin compromiso, de Monalisa. De “qué coño digo yo ahora”

Con una sonrisa incandescente, mi follamigo me informa con tonito de superioridad ex-catedra que están muy de moda, que no está seguro de que estos en concreto sean de hombre… pero que se los va a probar.

Diossss. Me dejo caer en el taburete. Atrás quedan mis intenciones de felación y/o penetración repida, mis imágenes de suspiros amortiguados contra los espejos de imágenes infinitas, mientras veo como el fulano se retuerce cual gusano para embutirse en una mortaja con dos perneras de ese azul lavado que tanto llevaban los hippies en los 70.

Le queda como un guante. Literalmente. De los de Michael Jackson.

Según termina el proceso, contemplo cómo la prenda de la discordia le resalta cadera, culo, muslo, y las estrechas pantorrillas… ay. Contengo las ganas de buscar una dependienta y preguntarle dónde podemos conseguir los zapatos de tacón rojo que este remake de Grease está pidiendo a gritos. Mi nueva Sandy la fulana, en cambio, parece inmensamente complacido. “No te gustan? Pues están muy de moda!!!” (Tono de voz de “claaaaaaro, tú que no entiendes…”) “Todo el mundo los lleva” (Nota mental de cribar bien en el próximo garito donde busque folleteo) Ajá. Bien, bien, bien. “Pues hoy no, pero otro día vuelvo y me los llevo!!!”, remata levemente mosqueado y desafiante.

Mi ceja, que ya estaba alzada hasta lo que yo creía que era su límite fisiológico, se alza medio centímetro más. Como un resorte. Click. (Esta no-relación me va a costar un pastón en antiarrugas, os lo garantizo) Pensamientos veloces cruzan mi cabeza. “A éste no le daba yo ni los buenos días en un garito” “Por dios, que no tengan cámaras en este probador, que esto es lo más vergonzoso que he hecho jamás” “La próxima vez que este tío me diga que le gusta un vestido mío, tengo que recordar quemarlo”

Tras desincrustarse de las mallas azulonas, me las tiende para que las devuelva. Asomo la cabeza fuera del probador con cara de haber hecho algo retorcido, culpable y desviado, y dejo el pantalón deprisa y corriendo sobre una mesita oculta según salgo. Uff. Nadie me ha visto. Creo que no me sentía tan furtiva desde aquel polvo de hora y media en un Corte inglés a los veinte años, cuando me encontré con la dependienta esperando a la salida. Y me planteo seriamente cómo coño me lo voy a tirar a partir de ahora si acude a una de las citas conmigo ataviado de vocalista de Europe Y el impacto que puede tener sobre sus capacidades amatorias estrangularse los huevos de esa manera y en tecnicolor.

En fin, a todos aquellos hombres que lean esto al filo de esa crisis de los cuarenta tan conocida y comentada. Tened cuidado. Follarse jovencitas es la parte divertida, pero también podéis acabar luciendo las canillas peludas en mallas, y eso os perseguirá hasta la jubilación. Si una nenita os mete en la cabeza que sus compis del cole llevan pantalones pitillo y que son muy cool… revisad al menos un poquito si son de caballero antes de salir a la calle con el disfraz de drag queen.

Como esto sea tendencia, este año no encuentro estómago para follar, palabra.


WHAT IS YOUR FAVORITE INANIMATE OBJECT?

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My dildo. Oh wait. Does it count as inanimate?


Este post viene al hilo de lo que todos, absolutamente todos sabemos acerca del sexo en pareja. Que es una mierda. 

A ver, podemos ir matizando, por supuesto. Estoy segura de que hay honrosas excepciones, pero la experiencia me indica que el amante fogoso de los tiempos de portal y escaleras, de esas noches en que vuelves a casa con las bragas en el bolso, y escoceduras en la línea interglútea, pasa a convertirse en un compañero de piso no bien le compras las primeras cervezas para que viva en tu casa. No falla. 

Una mañana me desperté junto al que sin duda era mi gran esperanza blanca, dado el drive que había mantenido durante nuestra relación clandestina. Yo que le había elegido porque sin duda era el que follaba más y mejor, me encontré una mañana observando en la cama a un fulano barbudo y levemente desfondado, con una camiseta llena de agujeros y unos pantalones cortos de cuando su padre hizo la mili. 

Haciendo de tripas corazón, por aquello de que al hambre no hay pan duro, le planteé a mi cara mitad que llevábamos semanas viviendo en pecado sin pecar en lo más mínimo. Mi creciente colección de ropa interior transparente y supuestamente motivadora solo era equiparable a mi frustración llevándola. 

- Corazón… es sábado…

-Mmmmmm

- Cariño, te tengo ganitas, si?

-…Ajá…mmm (tengo que aclarar que los mmmm los emitía mientras mantenía la vista fija en la pantallita de su último gadget electrónico)

Con más pena que gloria, suelta el juguetito y se dispone a hacer lo que yo denomino una faena de aliño. Mano al paquete que más que en reposo está moribundo, mano a la teta, con menos gracia que mi ginecóloga, y mediante gestos me anima a que resucite yo solita de rodillas lo que sin duda murió tras su última paja. 

Para cuando ya había yo calentado todo lo que se podía calentar aquella situación, pasamos al misionero. Atrás quedaron los días de polvos en el coche, de la cara contra la pared, de morder almohadas o de bajar al pilón. Eso sí, no deja de sorprenderme lo cortos que son estos polvos conyugales tan desmotivados. Quince empujones más tarde, todo lo más, con la cara de satisfacción del trabajo mal hecho, se acababa mi dosis quincenal mientras yo meditaba acerca de cuándo me podía escapar al baño a hacerme la paja correspondiente. ¿¿¿¿Y mi orgasmo???? Me miraba con cara de “No te has corrido? Pero si he estado fantástico!!” Ay, ay. 

Creo que lo más frustrante en la vida, después del abono vitalicio a la postura del misionero, es esa sonrisa sin compromiso que se te queda tras uno de esos polvos. Así que esto es vivir en pecado…Bien, bien, bien…

Creo que la siguiente vez que saqué algo en claro del fulano en cuestión fue tras el divorcio. Glorioso. Un último polvo por los viejos tiempos de esos que parecen una película porno de las innovadoras. Al terminar, entre mis temblores, mis ganas de aplaudir, y la falta de aire, le dije lo que sin duda es la mayor verdad de mi vida.

Cariño, teníamos que habernos divorciado mucho antes.


Aaaaaaah. Quién no se ha levantado una mañana con tres kilos menos, el guapo subido, ninguna ropa que te valga en el armario, y la compulsión de fundirte la VISA en Mango! Sí, mi parte más superficial afloró hace un par de semanas como respuesta al éxito de mi dieta. Necesito ropa para estar monísima de la muerte, o algo así.

Mi reentrada en el “mercado de la carne”, como llamo afectuosamente a mi nueva condición de soltera, me ha llevado de nuevo a contactar con una realidad alternativa que hace años no exploraba: la moda femenina para ligar .

Y es difícil describir lo que es ir de tiendas a los 37 a un sitio como Berska.

Lo primero que descubres es que para presumir hay que sufrir. Esa máxima de mi madre llega a su punto álgido (literalmente) cuando buscas un abrigo que abrigue, como complemento para tu flamante minivestido negro de manga corta. Un abrigo que abrigue. Las dependientas de MNG se te quedan mirando como si buscaras un cinturón de castidad en la sección de complementos. Qué idea tan innovadora, que abrigue. Con lo monas que son las chaquetitas de paño, o las rebequitas de algodón de manga tres cuartos. Con sus lindas medias, sus zapatitos y sus escotes hasta el ombligo. La dependienta se encoge de hombros perpleja y sugiere que acudas a la sección de señoras del Corte Inglés. Pero lo que realmente piensa es qué haces tú con esas ideas subversivas en una tienda de adolescentes-pro-neumonía, en vez de mirar modelos en la boutique de señoronas del barrio.
Ah, no, ni hablar, quiero ir monísima de la muerte, y con un escotazo hasta el ombligo que ponga de manifiesto mis (dos) encantos, replico yo.
Pero el tema es que yo padezco de ombligo friolero. Mi ombligo se resfría, y lo pasa fatal. Se debe indudablemente a que ya no volveré a cumplir los 30, pero, qué le voy a hacer. Es mi cruz, y hay que llevarla. Eso es lo que me lleva una y otra vez a pelear conmigo misma cuando avisto un abrigo feo de cojones pero forradito. De esos tan mullidos. Políticamente incorrecto con su piel de borreguito, pobre borreguito.

 

Ah, qué dilema. Castidad o frío. No os dejaré con la duda, opté por el frío.

Así que mi última excursión de tiendas dio como resultado una sordera transitoria, fruto de la música house a todo trapo en todas y cada una de las tiendas, y un montón de bolsitas conteniendo lo que sin duda es ropa de verano. Reciclada. Porque llamar de invierno a una camiseta de tirantes, una blusita de manga corta y la faldita mínima que hacía juego con ella, es una aberración.

 
De modo que en lo más crudo del crudo invierno, me dispongo a explorar un nuevo aspecto de la soltería, la congelación; deseadme suerte con los antibióticos, porque este finde… arraso ;)


Llevo una semana dándole vueltas con una mezcla de envidia e incomodidad a esa capacidad emocional que tienen algunas personas de encontrar nueva pareja antes de soltar a la anterior. Los hombres-tarzán, los llamo yo. En mi vida se han cruzado ya varios de estos supervivientes profesionales a grandes naufragios, que siguiendo la máxima de que las penas con achuchones son menos, se buscan proveedora nueva de mimos antes de soltar a la anterior.

Tenéis que entender que yo ya he representado todo tipo de papeles en estas historias. Unas veces he sido Jane. Mi último hombre tarzán entró en mi vida sujeto a su anterior liana, que para más señas era mala, mala malísima, era la bruja del cuento y lo tenía muy incomprendido. Entre copa y copa desgranó su creciente admiración por mi, la nueva Jane, y su decreciente atracción por Chita, la especie de mono con personalidad múltiple que tenía en su casa de caramelo, y que cocinaba al horno a tiernos infantes antes de comérselos.

Mi donaire, mi gracia, mi inconmensurable belleza y el inexorable destino me llevaron a iniciar el apasionado romance con las medias bajadas en el baño de señoras de un garito. En aquel momento me pareció, con mi inexperiencia, una ocasión memorable en que nos dejamos llevar por una atracción más grande que nosotros mismos. Con los años he vivido para aprender que el hombre-tarzán en cuestión visita con asiduidad los baños de los garitos, tanto para apretones sexuales como para prácticas más controvertidas.

Así que allí estaba yo, con las bragas por las rodillas, sintiéndome Jane y justificándome a mi misma que el amor todo lo puede, y este caso de la liana anterior bien podíamos olvidarlo a pollazos y vivir felices y comer perdices para siempre. Y no os creáis, comimos muchas perdices. En vertical, en horizontal, en cama, mesa, silla, sillón, ducha y bañera. En coche o en portal. Unas cuantas escoceduras después, tras un desgarro del frenillo peneano, tendinitis inguinales múltiples y otras lesiones, decidimos que tenía que decir adios muy buenas a Chita, la bruja oficial, y quedarse conmigo, Jane, tú Tarzán, yo Jane. 

Un divorcio y una boda después, me encontraba yo tan asentada en mi papel de Jane. Claro, como dice una de mis amigas, que también se solapó con la mujer anterior “siempre te piensas que esto te ha pasado porque eres tú, no porque él haga las cosas siempre así” El problema es que un día me di cuenta de que yo ya no era Jane. Era Chita. El tema de que en los baños de los garitos le acompañara la que fue mi sucesora no ayudó, desde luego. En un arrebato de amor la muchacha en cuestión pregonaba ilusionada y enamorada que su amor mutuo era más grande que ellos mismos, y que no habían podido detenerlo ni separarse, pese a haberlo intentado.

Poco tiempo después, de forma solidaria, varias de las lianas anteriores de mi (uy, ya no es “mi”, es “su”) hombre-tarzán me llamaron por teléfono para comentarme sus historias. Digamos que ciertos tecnicismos en el relato de él de sus relaciones anteriores me habían llevado a pensar que mi caso había sido aislado. Pero no. Todas habían empezado por ser Jane. Y antes de decir “bu”, se habían encontrado con que el fulano en cuestión ya estaba colgando emocionalmente de la siguiente liana. El caso se repetía desde los albores de los tiempos, los enamoramientos fulgurantes, las historias intensas que terminan en el momento en que la anterior se da cuenta de que ya no es Jane sino Chita.

Así que ahí me encontraba yo. Y ahora yo era la bruja del cuento, comeniños para más señas. Pero nada, nada, me lo tomé con una saludable dosis de sentido del humor, y he pasado al fulano en cuestión de la balda de los “amores de mi vida” a la balda de los “buenos amigos con los que mejor no tengas lío alguno que no es buena idea” Y se lo ha tomado bien, la verdad. Ahora me siento a comer palomitas mientras me relata los portentos de su nueva liana, más fulgurante, más idónea, más… más que cualquiera de las anteriores. Es como ver a un niño con un caramelo de medio metro, siento cierto cariño condescendiente, mezclado con una razonable dosis de envidia al ver semejante capacidad de evitar cualquier daño, por el mecanismo de saltar a la siguiente mujer perfecta. No, no creáis en el karma, porque no existe. El método es 100% efectivo, no hay un solo día en que no lo haya visto feliz y contento, es como vivir la navidad quince veces al año, cuando se termina, te vas a un país donde la navidad es en febrero y paz.

Mi sistema es bastante más convencional, me temo. Ante la posibilidad de enganchar con un siguiente hombre liana, esta vez la criba va a ser un poquito más racional que un arrebato fogoso en un baño de señoras con un casado insatisfecho. Y mira que considero que el negocio no me ha salido mal. Pero así en líneas generales, a las que leáis esto alguna vez, no os lo recomiendo del todo. Si lleva ya cinco ¡cinco! lianas consecutivas, la probabilidad matemática de que tú no seas la última no es desdeñable.

Salvo que le caces en un baño a los 80 años de edad, 30 lianas más tarde. Entonces sí, querida. Tú Jane. La otra Chita. Y él…viagra. 


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